¿Aprender
tiene que ser divertido?
LA MANO DE OBRA joven no viene preparada para trabajar, ni para
las frustraciones ni para los problemas
CRISTINA SÁNCHEZ MIRET - 30/04/2006 Barcelona
Ya hace tiempo que la opinión generalizada de la población -
secundada por teorías pedagógicas de todo tipo- es que aprender
tiene que ser divertido, puesto que así se logran mejores resultados.
Éste es el lema actual de la enseñanza, en contrapartida al tan
famoso - además de padecido y odiado por muchos antiguos alumnos-
la letra con sangre entra.
Evidentemente, nunca podría estar de acuerdo con la aplicación del
castigo físico al que se refiere tan añejo dicho, pero parece que el
extremo de diversión al que se ha llegado esté haciendo más mal que
bien a los resultados de aprendizaje de los alumnos actuales, tanto
en conocimientos de materias concretas como en formación de valores.
No es cierto que aprender no sea tedioso, cansado y difícil. Lo es,
siempre lo ha sido y siempre lo será. Todos tenemos en la memoria
algún momento especialmente duro, las horas empleadas o los
sinsabores con algún profesor o alguna materia.
Emprender el camino del aprendizaje comporta como valor añadido - a
los conocimientos concretos que uno adquiere- reconocer y apreciar
el esfuerzo - de uno mismo y de los demás-.
Pero no parece que actualmente estos valores queden suficientemente
claros ni estén suficientemente conseguidos. En las circunstancias
de imposición en las que se produce el aprendizaje en las sociedades
avanzadas - escolarización reglada y pautada independientemente de
las necesidades particulares de cada cual-, aprender quiere decir
tener que esforzarse, tener que trabajar y aceptar limitaciones y
decepciones personales, así como también logros y retos que alcanzar,
con o sin premio material incluido. Esto es lo que nos prepara para
trabajar, que no tiene nada de divertido.
Nuestros jóvenes muestran cierta tendencia a pensar que todo en la
vida tiene que ser diversión. Quizás no estén equivocados, pero de
momento el mundo no es así, y trabajar - ya sea de barrendero o de
broker-quiere decir esforzarse. Todos los días, con o sin ganas,
cumpliendo un horario y acatando - las más de las veces- órdenes que
puede que sean, las menos de las veces, las adecuadas.
La idea básica de la escolarización generalizada no parte de la
necesidad social de hacer más feliz y más libre a la población, sino
de preparar a la futura mano de obra que la sociedad necesitará para
llevar adelante la industrialización creciente con la que se
enfrentan los distintos países en distintas épocas -
mayoritariamente a lo largo del siglo XIX y XX-, según haya sido en
cada caso el ritmo de desarrollo observado. Cierto es que los nuevos
trabajos necesitan de unos trabajadores con unos mínimos
conocimientos - leer y escribir, a veces sólo firmar, y las cuatro
reglas matemáticas básicas-; pero sin duda alguna - de ahí las
primeras escuelas para pobres- básicamente lo que necesita la
industrialización es personal entrenado para cumplir órdenes,
mantener el trabajo durante largas jornadas y acatar horarios.
Con el desarrollo del capitalismo la necesidad de conocimientos
crece, la industria cambia su signo, pero la necesidad de tener
trabajadores entrenados para serlo sigue siendo exactamente la misma.
Una de las quejas actuales de los empresarios es que la mano de obra
joven viene más o menos preparada en cuanto a conocimientos - hay
opiniones para todos los gustos-, pero no viene preparada para
trabajar. No saben lo que es el trabajo, el esfuerzo y la dedicación,
no son constantes y sobre todo no están preparados para las
frustraciones ni para los problemas. Los empresarios no han de tener
razón ni la culpa tiene que ser de la escuela; pero hacerlo todo
divertido no sé si los prepara para el mundo tal como es.
C. SÁNCHEZ MIRET, socióloga
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